EL ESPEJO EN EL PARTO

El parto, ese momento tan esperado para toda mujer embarazada, misterioso, mágico, especial, diferente y único en cada mujer y con cada hijo.  Ese ansiado momento después de nueve meses (entre 38 y 42 semanas, si todo va normal y no es prematuro) que se vive de forma tan intensa y con tanta impaciencia por querer ver a tu hijo y tenerlo entre tus brazos.

Hablando  de parto natural (porque la cesárea es caso aparte) las sensaciones que se viven son algo único, casi indescriptible. Las emociones están a flor de piel porque vas a traer a un nuevo ser al mundo, vas a alumbrar una nueva vida, una vida que se ha gestado dentro de ti.

En mi caso, mi hija nació en la semana 42. Tuve que ingresar en el hospital para que me provocaran el parto porque no tenía contracciones y no dilataba. Así, desde un jueves a las 10.00 h de la mañana estuve de parto hasta el viernes a las 20.05 h., hora en la que ya por fin nació Sara. Un parto largo, sí. Como os podéis imaginar fueron muchas horas de dolor, esfuerzo, impaciencia…, pero al final todo compensa ya que afortunadamente todo salió bien y tuve un parto natural. Pero en esos momentos en que te encuentras en la sala de dilatación y por más que empujas y esperas a que el monitor que controla la intensidad de las contracciones alcance el número 100 para volver a empujar… y otra vez… y otra… y otra… cuando, por fin, la matrona me comunicó: “Silvia, ya vamos al paritorio”, ¡no me lo podía creer! Y ya estando allí, en esa otra sala, donde nacería mi bebé, me acordé del maravilloso consejo que nos dio una matrona en las clases de preparación al parto: “Si podéis, pedir el espejo”.  Como unas palabras mágicas resonaron en mi cabeza… y, casi sin saber cómo, pese a  la tensión del momento, lo pedí. Yo me imaginaba que iba a ser un espejito… que te colocaban enfrente para ver cómo salía la niña. Mi sorpresa fue cuando aparecieron dos enfermeras empujando un espejo con ruedas casi tan grande como la puerta. Para mí fue muy gratificante ver la cabecita de la niña reflejada en ese espejo, saliendo de mí,  y cómo a cada empujón que daba más se asomaba.

Pedir ese espejo fue para mí algo muy especial y una gran motivación para hacer bien los pujos porque yo ya estaba agotada. Pero ver que cada empujón daba sus frutos y que cada vez estaba más cerca de que saliera del todo mi niña me animó a seguir haciéndolo hasta que escuché: “La cabeza ya está afuera, ahora viene el hombro…”. Eso ya no lo pude ver pero fui sintiendo cada paso que me iban indicando hasta que finalmente nació.  Fue la mayor alegría de mi vida sentirla sobre mi vientre, calentita y pringosa, y poder mirarla la carita. ¡Por fin Sara ya estaba con nosotros! Por fin el parto había concluido y ese espejo me ayudó a vivirlo intensamente y disfrutarlo quedando para siempre en mi recuerdo.

 

 

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Acerca de Silvia

Periodista
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